San Juan de la Cruz sigue resultando incómodo. No porque sus palabras hayan perdido vigencia, sino precisamente, por lo contrario. Cuando se escuchan hoy dentro de Juan, el espíritu del amor, sus versos y su historia obligan a mirar algunas de las preguntas que preferimos dejar al margen: qué hacemos con los débiles, cómo utilizamos el poder, qué valores estamos transmitiendo y qué ocurre cuando una sociedad deja a sus jóvenes sin referencias.
En la iglesia del Convento de las Madres Carmelitas esas preguntas estuvieron presentes durante la representación de la obra escrita y dirigida por Denis Rafter, promovida e impulsada por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca para conmemorar el Año Jubilar de San Juan de la Cruz.
La función fue seguida con gran atención por el público, que al finalizar despidió a los artistas con un largo aplauso y numerosas felicitaciones. Pero quizá lo más interesante de la propuesta no estaba únicamente en la historia que acababa de contarse, sino en aquello que la obra conseguía poner en relación: el mundo de San Juan de la Cruz y el nuestro.







El montaje no presenta al santo como una figura intocable, encerrada en un retrato histórico. Lo devuelve a su tiempo con sus conflictos y sus injusticias y, desde allí, establece un diálogo con el presente. Las diferencias entre el siglo XVI y el XXI son evidentes, pero algunas preguntas permanecen inquietantemente cerca.
El abuso de poder, la marginación de quienes tienen menos posibilidades de defenderse, la pérdida de valores o la desorientación de muchos jóvenes no pertenecen a una época concreta. Cambian sus formas y sus circunstancias, pero siguen planteando un desafío a cualquier sociedad que aspire a llamarse justa.
En ese contexto, San Juan aparece como una figura crítica. Fue un hombre que no se conformó con aceptar las respuestas que tenía delante y que pagó un precio por defender aquello en lo que creía. Su experiencia de la cárcel de Tolledo es quizá la expresión más extrema de ese enfrentamiento con el poder, pero su trayectoria entera estuvo marcada por una voluntad de búsqueda que no siempre resultó cómoda para quienes le rodeaban.
Esa dimensión crítica es la que permite que la obra trascienda la biografía. San Juan no aparece únicamente para que conozcamos mejor al poeta o al religioso, sino para que podamos preguntarnos qué habría pensado ante algunas de las contradicciones de nuestro propio tiempo.
Y entonces su poesía adquiere una nueva fuerza.
Los versos no aparecen en la representación como citas destinadas a demostrar erudición. Forman parte de la acción y acompañan el proceso de transformación de los personajes, especialmente el de Magdalena. La poesía actúa sobre ella, la obliga a enfrentarse a aquello que lleva dentro y abre un proceso de revelación que convierte la palabra de un hombre del siglo XVI en una experiencia contemporánea.
Es precisamente ahí donde teatro y poesía se encuentran. El verso deja de ser algo que se contempla desde fuera y se convierte en algo que sucede ante nosotros. La palabra ilumina, cuestiona y transforma.
Tal vez esa sea una de las razones por las que una obra como Juan, el espíritu del amor puede encontrar un lugar natural en los pueblos de la comarca de Peñaranda. Porque el teatro permite que la cultura deje de ser algo distante y se convierta en conversación. Una conversación que no necesita ofrecer respuestas cerradas, sino abrir preguntas.
La representación de Peñaranda fue posible gracias a la invitación del Ayuntamiento y a la acogida del Madres Carmelitas, dentro de una gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca que está llevando la figura y la obra de San Juan de la Cruz a numerosos municipios.
Y quizá sea significativo que estas palabras hayan vuelto a sonar tan cerca de Fontiveros, Mancera de Abajo o Alba de Tormes. En esta tierra, acostumbrada a convivir con la historia, el pasado no parece algo completamente desaparecido. Forma parte del paisaje, de las iglesias, de las calles y de la memoria de sus pueblos.
San Juan de la Cruz pertenece a ese pasado, pero no permanece encerrado en él.
Su poesía continúa preguntando por el amor, por la verdad y por la dignidad del ser humano. Su vida recuerda que el poder puede equivocarse y que la conciencia individual no siempre debe aceptar aquello que se le impone. Y su obra demuestra que una palabra puede sobrevivir a quienes intentaron silenciarla.
Quizá por eso sigue siendo un personaje incómodo.
Porque cuatro siglos después, todavía nos obliga a mirarnos.
Y cuando una obra de teatro consigue que un público permanezca atento, se emocione, aplauda y, sobre todo, salga de una iglesia con alguna pregunta nueva, entonces San Juan de la Cruz vuelve a cumplir una de las funciones que mejor conoció: iluminar aquello que preferiríamos no mirar.
En Peñaranda, durante una hora, sus palabras volvieron a hacerlo.
TEXTO: JAVIER DE PRADO
*Próxima representación en la comarca: 16 de octubre, 19:00 horas, iglesia de Santiago de la Puebla.













