La iglesia mudéjar de San Pedro de Villoria fue este fin de semana escenario de una nueva representación de Juan, el espíritu del amor de Denis Rafter. Pero sería injusto pensar que los vecinos asistieron simplemente a otra función de una obra que está recorriendo numerosos pueblos de Salamanca porque en el teatro no existen dos funciones iguales.
La representación forma parte de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz y cuenta con la colaboración del Ayuntamiento, la Parroquia y la Diócesis de Salamanca. El texto era el mismo que los artistas han representado en otros municipios. Pero San Pedro aportó algo que ningún otro lugar puede repetir: su arquitectura mudéjar, su artesonado, su acústica, su retablo y, sobre todo, sus vecinos y visitantes.
El espacio modifica la manera de interpretar. Los artistas tienen que adaptarse a cada iglesia, a sus dimensiones, a sus sonidos y a la cercanía o distancia del público. Pero también el público modifica la función. Una mirada, una risa, un silencio, una emoción. Todo llega al escenario. Por eso cada representación acaba teniendo una personalidad propia.
En Villoria esa personalidad fue especialmente intensa. El público fue numeroso y siguió la obra con enorme atención hasta el final. Entonces llegó una de esas escenas que ningún director puede ordenar y ningún ensayo puede preparar: todos los espectadores se pusieron en pie y ofrecieron una larga ovación a los intérpretes. Un teatro de pie dentro de una iglesia. Una imagen difícil de olvidar.
Los aplausos fueron creciendo hasta convertirse en una despedida colectiva. Los vecinos habían recibido a los artistas y ahora les devolvían, con sus manos, aquello que habían sentido durante la representación. Después, la compañía recogería sus equipos para continuar el viaje. Pero la función de Villoria ya no viajará con ellos exactamente igual. Se quedará aquí. Porque cada pueblo tiene derecho a hacer suya la experiencia que recibe.
Y San Pedro de Villoria ya tiene su propia representación de Juan, el espíritu del amor: aquella en la que la iglesia mudéjar se llenó de espectadores y, al terminar, todo el público se levantó para aplaudir durante un largo rato. La obra es la misma. La historia también. Pero Villoria acaba de demostrar que el teatro siempre encuentra una manera de ser diferente.

















