Nuestra Señora de la Soledad se presenta para el mes de difuntos ataviada de luto castellano al más puro estilo de la Casa de Austria. Inspiración en la moda cortesana del siglo XVI y XVII, con siluetas sobrias, mangas largas, corpiños ajustados y faldas amplias. Lleva saya y manto en terciopelo negro. La cintura ceñida por un cíngulo de oro de cinco nudos que representa la penitencia y los cinco misterios dolorosas del Rosario. Lleva una tocado de papo realizado a base de tablas y pliegues en tul bordado color marfil con un diseño con motivos florales y vegetales en realce, todo ello obra de su vestidor José Ángel Nava.
Un collar de perlas a una vuelta recogido en el centro al más puro estilo de la emperatriz Isabel de Portugal, sujeto en el centro por el corazón ardiente y los siete puñales que representan los siete misterios del Vía Matrix. Porta en su mano derecha un pañuelo en color champagne y en su mano izquierda un rosario. De ésta forma Nuestra Señora de la Soledad recupera su atuendo histórico y originario haciendo gala de una advocación que es la más antigua de la ciudad peñarandina.
Origen, historia y evolución del luto castellano
La indumentaria castellana de las imágenes de la Virgen Dolorosa vestidas de luto, especialmente en el estilo asociado a la Casa de Austria, es fruto de una evolución histórica, estética y devocional que cristalizó en el siglo XVI y se consolidó como uno de los lenguajes visuales más potentes de la religiosidad barroca española. El uso del negro como color de luto se institucionalizó en España con los Reyes Católicos, pero fue durante el reinado de Felipe II cuando se convirtió en norma de etiqueta en la corte.
Las viudas nobles castellanas vestían de negro riguroso, con tocas, mantos y sayas de tejidos sobrios, a menudo de terciopelo o seda negra, sin adornos superfluos. En el siglo XVI, las influencias artísticas flamencas introdujeron representaciones de la Virgen María vestida de luto, lo que se integró con fuerza en la iconografía española. Estas imágenes, llamadas “Dolorosas”, comenzaron a representarse como viudas castellanas, con el rostro sereno o doliente, manos entrelazadas o al pecho, y vestidas con ropajes oscuros que evocaban la austeridad y la nobleza de la época.
Pero no fue hasta nos finales del siglo XVI, cuando la reina Isabel de Valois, tercera esposa de Felipe II, encargó a Gaspar Becerra una imagen vestidera de la Virgen. No quiso una escultura rígida, sino una figura que pudiera vestirse como ella misma lo hacía en su oratorio. Y fue María de la Cueva y Álvarez de Toledo, camarera mayor, quien vistió a la imagen con las ropas de luto de una viuda castellana, donadas por la condesa de Ureña, en gesto de profunda piedad. Así nació una revolución estética y espiritual que se extendió desde la villa de Madrid a toda España y sus provincias en ultramar.
FOTOGRAFÍAS: JOSÉ ÁNGEL NAVA




















