Nuestra Señora de la Soledad se presenta en Peñaranda, por primera vez, ataviada con un singular tocado monjil ejecutado mediante tablas de seda color marfil y delicado encaje de tul bordado. De inspiración clásica, este tocado toma como referencia la indumentaria reflejada por Diego Velázquez en su célebre obra Las Hilanderas , realizada hacia 1657, constituyendo una tipología barroca muy característica de las dolorosas castellanas de marcado carácter sobrio.
Su vestidor, José Ángel Nava, explica que «aunque este estilo fue popularizado por Antonio Amians y José Lebrón con la Virgen de las Aguas del Museo de Sevilla, su estreno documentado tuvo lugar en 1919 con la Santísima Virgen del Rosario de la Hermandad de Montesión. Se trata de una disposición de gran personalidad, ya que el tocado se ejecuta por encima del manto, otorgando a la imagen una marcada solemnidad y una estética de profunda identidad».
Nava añade que «la Santísima Virgen viste, además, una elegante saya bordada sobre terciopelo negro, símbolo del luto por la Pasión y Muerte de su Hijo. El conjunto se completa con un manto de terciopelo negro, recogido y cruzado a la cintura en alusión a su condición de Madre, así como con un espléndido fajín hebraico de gala, anudado en una delicada lazada y enriquecido con un magnífico broche de plata»
Como remate de su atuendo, luce la tradicional diadema de estrellas y el corazón atravesado por los Siete Dolores, símbolos inseparables de su advocación. Completa el conjunto un collar de doble vuelta de perlas, evocando la elegancia de los años veinte del pasado siglo y la refinada estética Art Déco, época en la que este tipo de tocado alcanzó gran difusión en el ámbito cofrade, aportando al conjunto un refinado aire de época sin perder la sobriedad y el recogimiento propios de Nuestra Señora de la Soledad.




















