La heráldica fue sencilla y bastante explícita en sus inicios, tal y como había nacido en el mundo de la cultura trovadoresca cortesana del ducado de Aquitania. Con esas mismas premisas llegó al reino de Castilla en 1170 gracias al matrimonio entre Alfonso VIII y Leonor Plantagenet. Después se extendió al de León de la mano de una hija de dicha pareja, Berenguela la Grande, aunque en este reino, mucho más antiguo que el castellano, el león ya identificaba al monarca leonés antes de su llegada como reina consorte. Tan popular se hizo en los siglos XII y XIII este juego palaciego y nobiliario, consistente en identificar una señal heráldica con un personaje, que el caso del félido púrpura en campo blanco equivalente a rey de León no es el único que conocemos; por ejemplo, si eras el monarca castellano, un castillo de oro en campo rojo era un significante simple, pero pleno de significado; el jefe de la casa de los Lara se identificaba con dos calderas negras en campo blanco, que “hablaban” de que el magnate castellano era tan pudiente que podía alimentar una numerosa mesnada; el emblema de la casa de los López de Haro lucía dos lobos negros en campo blanco, por eso del parecido fonético y gráfico entre su apellido y la palabra latina lupus; y el linaje de los Castro, no sabemos por qué razón, eligió seis roeles azules en campo blanco para su inmediata e indudable identificación.
Con el paso del tiempo, de contar con unos pocos nobles que manejaban el cotarro en los reinos de Castilla y de León, se pasó a que estos se multiplicaran como bacterias. Esto se debió, principalmente, al ascenso al trono en 1369 de Enrique II de Trastámara, un monarca fratricida que se vio abocado a repartir títulos por doquier, las conocidas como mercedes enriqueñas, para agradecer los favores que se le habían prestado para poder derrocar al legítimo rey Pedro I. Así nació una nueva y nutrida generación de nobles y, con ellos, una nueva heráldica, que serviría de instrumento para que estos selectos linajes compitieran entre sí para dirimir cuál era el más antiguo, el que contaba con más antepasados que habían protagonizado hechos heroicos o el que acumulaba más matrimonios de mejor entronque. En este nuevo juego del blasón estaban permitidas todas las trampas, puesto que el objetivo era la invención del mejor pasado posible para toda una plétora de nuevos ricos, a cada cual más pretencioso.




El señorío de Peñaranda nació precisamente como un pago del rey Enrique II a dos de sus más fieles aliados: Pedro González Contreras, su montero mayor, y Nuño Núñez de Villasán, alguacil mayor del infante Fernando de Antequera, hermano del monarca. Tiempo después, otro importante compinche de los Trastámara, Álvaro Dávila, compró a Pedro y a Nuño su parte correspondiente, convirtiéndose de este modo en el primer señor de Peñaranda en 1418. Álvaro Dávila hizo así un buen negocio, pero sin olvidarse de concertar también un buen matrimonio, ya que se casó con Juana de Bracquemont, hija de un noble normando, Robín de Bracquemont, que, junto a otros caballeros de origen francés, había venido a los reinos de Castilla y de León para ayudar a su rey en la lucha contra portugueses e ingleses. Los hijos de este matrimonio decidieron poner por delante el apellido normando de su madre, que consideraron que tenía más abolengo que el vulgar “de Ávila” de su padre, así que es por ello que hoy hablamos de la localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte. El señorío ascendió un grado cuando el rey Felipe III concedió en 1602 el título de conde de Peñaranda a Alonso de Bracamonte y Guzmán. Así las cosas, e iniciándose el siglo XVII, la heráldica de la familia titular del condado tenía que estar a la altura y a la moda, ya que, además, Alonso estaba casado, nada más y nada menos, que con una Pacheco de Mendoza. En la clave blasonada de la cúpula de la iglesia del convento de las Carmelitas de Peñaranda se pueden ver las armas heráldicas de uno de los hijos de este matrimonio, el III conde y virrey de Nápoles, Gaspar de Bracamonte y Guzmán, que fue precisamente el fundador de este cenobio en el año 1661.
El heraldista salmantino José Moreiro Píriz nos ha hecho el favor de reconstruir en una cuidada ilustración digital el emblema personal de Gaspar con sus esmaltes y metales y, además, lo ha definido empleando la jerga propia de lo que se conoce como ciencia del blasón:
Escudo partido. Primero: de sable un chevrón de plata superado por un mazo del mismo metal; bordura de azur con ocho áncoras de oro. Segundo: cuartelado en aspa, primero y cuarto de azur con dos calderas jaqueladas de oro y gules, gringoladas con siete cabezas de sierpe de sinople; segundo y tercero de plata sembrados de armiños de sable; bordura de plata con ocho armiños de sable.
La partición izquierda de este blasón es la correspondiente al apellido Bracamonte. El mazo y el chevrón, figura heráldica esta última que semeja una montaña, son, sin duda, los elementos más ancestrales de estas armas, puesto que ya fueron empleados por Robín de Bracquemont, el ya mencionado genearca de los Bracamonte hispanos; quizá esta pareja conforme un emblema parlante de la heráldica primigenia, ya que puede que más bien nos hable de un apodo que de un apellido, el Rompemontes, muy apropiado para un guerrero normando del tiempo en el que nació la heráldica en la costa atlántica francesa.
La bordura con las anclas se la ganó por sus propios méritos Robín de Bracquemont, ya que se le concedió el título de almirante, tanto en el reino de Castilla como en el de Francia, por su eficaz mando de la flota castellano-francesa que mantuvo a raya a la flota inglesa en el Canal de la Mancha en el contexto de la Guerra de los Cien Años.
La partición segunda del escudo es propia del apellido Guzmán. Las calderas de este linaje castellano, más antiguo que el de los Bracamonte, venían de lejos, de una condición de ricohombre, y eran una muestra, como ya se ha dicho, de poder nobiliario y capacidad militar. La fama e influencia de esta casa nobiliaria se dispararon gracias a Alonso Pérez de Guzmán (1256-1309), más conocido por Guzmán el Bueno, uno de los héroes legendarios de la Reconquista tras su defensa de Tarifa en 1294, durante la cual prefirió sacrificar la vida de su propio hijo antes que rendir la plaza al enemigo musulmán. A partir de su figura se fundó la poderosísima casa de Medina Sidonia, que llegó a ser la dinastía noble con más tierras y riqueza de Andalucía.
Las cabezas de serpiente que salen de las calderas son un perfecto ejemplo de cómo la heráldica de la Edad Moderna fue puro barroquismo y artificio, males que no padeció la heráldica primigenia medieval. En estos nuevos tiempos cronistas y heraldistas comenzaron a describir minuciosamente cada pequeño detalle de los escudos antiguos; al describir las tradicionales calderas de los Guzmán, notaron que los enganches de las asas terminaban en formas curvas que semejaban cabezas de culebra y así lo redactaron textualmente en los documentos oficiales. Los heraldistas posteriores, al leer dichas descripciones en lugar de ver los escudos medievales originales, se lo tomaron todo de forma literal. En lugar de dibujar un simple remache ornamentado, dibujaron serpientes saliendo del interior o de los bordes del caldero, multiplicando también el número de cabezas.
La presencia de las lágrimas de armiño (esas figuras negras que simulan la cola del pequeño mamífero) en los cuarteles y la bordura del escudo de los Guzmán responde a un encargo de una genealogía legendaria, algo que hicieron todos los linajes para dar mayor lustre a su pasado. En el caso de los Guzmán, se extendió la teoría y crónica oficial de que estos no procedían de simples hidalgos burgaleses, sino de un príncipe o caballero de la alta nobleza de Bretaña llamado Gutiman y además emparentado, como no, con los duques de Bretaña, que desde siempre habían utilizado la figura heráldica de los armiños.
Así que, ya veis, lo de las ínfulas de nuevo rico y lo de intentar pasar por lo que no se es no es un fenómeno nuevo de nuestra sociedad de la apariencia, es algo más viejo que la orilla del río. Ahora entenderéis por qué en edificaciones de ciudades y pueblos abundan los abigarrados blasones cargados de particiones y figuras heráldicas, que básicamente servían para dar la idea de que aquí sí que se ataban los perros con longaniza y, sobre todo, para que quedara bien clara la condición de cristiano viejo.
ARTÍCULO DE MIGUEL ÁNGEL MARTÍN MAS, PROFESOR DEL CEPA EL INESTAL, DE PEÑARANDA













