Hay representaciones que encuentran en el lugar donde se realizan un significado especial. La llegada de “Juan, el espíritu del amor” a la iglesia de Santiago de la Puebla fue una de ellas, porque el municipio no solo acogió la historia de San Juan de la Cruz: lo hizo en una tierra que fue también cuna de dos carmelitas que dedicaron su vida a mantener viva la tradición de la Orden.
La monumental iglesia de Santiago, declarada Bien de Interés Cultural y considerada uno de los mejores ejemplos del gótico de la provincia, ofreció el escenario perfecto para este encuentro entre patrimonio, historia y teatro. Sus bóvedas de crucería, su retablo mayor y, especialmente, la capilla del Licenciado Toribio, con obras atribuidas a Diego de Siloé y Felipe Bigarny, recuerdan la extraordinaria riqueza artística que conserva la localidad.
Pero esta vez había otros nombres que también parecían estar presentes.
Santiago de la Puebla fue la localidad natal de Gerardo de San Juan de la Cruz, carmelita e historiador fallecido en Toledo en 1922. Su nombre quedó estrechamente vinculado al del santo porque fue responsable de una edición crítica de las obras de San Juan de la Cruz publicada entre 1912 y 1914. La Biblioteca Nacional conserva además referencias a otros trabajos suyos relacionados con el místico.
También nació aquí Florencio del Niño Jesús, carmelita descalzo, escritor e historiador, cuya trayectoria tuvo una dimensión internacional. Vivió y trabajó en distintos lugares, entre ellos Cuba, Palestina y Roma, ejerció como provincial de Castilla y fue director espiritual de Santa Maravillas de Jesús. Su obra escrita fue muy extensa y estuvo especialmente vinculada a la historia y la espiritualidad carmelitana.
Por eso resulta difícil imaginar un lugar más apropiado para que, más de un siglo después, San Juan de la Cruz regresara convertido en personaje teatral.
La propuesta de Denis Rafter, patrocinada por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca, llegó a Santiago de la Puebla gracias a la invitación del Ayuntamiento, con la colaboración de la Parroquia y el apoyo de la Diócesis de Salamanca. Durante la representación, la poesía, la música y la interpretación fueron ocupando el espacio de una iglesia que durante siglos ha sido testigo de la vida de sus vecinos.
La obra volvió a plantear las grandes cuestiones que acompañaron a San Juan: el amor, la búsqueda de la verdad, la esperanza y la necesidad de encontrar una luz cuando parece difícil ver el camino. Y lo hizo mediante un lenguaje escénico contemporáneo, demostrando que una figura nacida hace más de cuatro siglos puede seguir dialogando con el público actual.
Pero quizá lo más hermoso de la noche fue que el propio pueblo parecía formar parte de esa conversación.
Gerardo había dedicado su vida a estudiar y conservar la palabra de San Juan. Florencio hizo del Carmelo una vocación que llevó por diferentes países y dejó una importante obra escrita. Denis Rafter ha elegido ahora el teatro para llevar esa figura por las iglesias de la provincia y acercarla a quienes quizá nunca tendrían ocasión de encontrarse con ella de otra manera.
La ovación final, todos en pie, puso el punto de emoción a una tarde en la que patrimonio y cultura caminaron juntos.
Santiago de la Puebla no recibió solamente una representación teatral. Recibió de nuevo a uno de los grandes nombres de la tradición carmelitana y, al mismo tiempo, volvió a mirar hacia dos hijos de la localidad que dedicaron su vida a esa misma tradición.
A veces la mejor manera de descubrir la importancia de un pueblo consiste en mirar los nombres que ha dado a la historia. Y Santiago de la Puebla tiene, entre sus hijos, dos nombres que ayudan a explicar por qué aquella tarde San Juan de la Cruz no parecía un visitante, sino alguien que, de alguna manera, regresaba a casa.



















