Por Miguel Ángel Martín Mas (Profesor del CEPA El Inestal)
La localidad salmantina de Peñaranda de Bracamonte, antes conocida como Peñaranda de Cantaracillo y después como Peñaranda del Mercado, tomó su tercer y definitivo apellido de un noble normando que sirvió a la Corona de Castilla y de León hacia finales del siglo XIV. Hablamos de Robert de Bracquemont (c. 1355-1419), que en 1386 fue enviado aquí desde la corte francesa junto a otros nobles para auxiliar al rey Juan I. Dicho monarca, tras haber sufrido una estrepitosa derrota frente a portugueses e ingleses en el verano de 1385 en Aljubarrota, se enfrentaba por entonces a una invasión de tropas inglesas comandadas por el pretendiente al trono castellano-leonés Juan de Gante, duque de Lancaster, casado con Constanza de Castilla, hija del rey Pedro I el Cruel, que había sido asesinado por su medio hermano Enrique II el Fratricida, padre de Juan I, en 1369.
La guerra dinástica entre los descendientes de Pedro I de Borgoña y Enrique II de Trastámara llegó a su fin con el matrimonio entre la nieta del primero y el nieto del segundo, quienes, tras el enlace, se convirtieron en los primeros príncipes de Asturias de nuestra historia. A Robert de Bracquemont le debió de gustar esta tierra, ya que, después de servir en la corte de Juan I, “renovó contrato” y se quedó en la de Enrique III y Catalina de Lancaster. Fue embajador de Francia y prosperó de tal modo que se le otorgó el título de almirante mayor de Castilla. Su apellido se terminó convirtiendo también en el de Peñaranda debido a que su hija Juana de Bracquemont se casó con el primer señor de la ciudad, Álvaro Dávila, que había ascendido en la escala social gracias a los méritos adquiridos en campaña junto al hermano del rey Enrique III, el infante Fernando de Antequera, que terminaría siendo rey de Aragón. Fundado en 1419 el señorío de Peñaranda con don Álvaro y doña Juana al frente, sus descendientes pensaron que el apellido extranjero de su madre tenía mucho más lustre que el Dávila de su padre, así que lo adoptaron como su primer cognombre, transformándose así el Bracquemont en Bracamonte.
Robert de Bracquemont, que era conocido por el diminutivo Robin, terminó castellanizado como Mosén Rubí de Bracamonte, que no deja de ser una transcripción de una mala pronunciación del francés Monsieur Robin de Bracquemont. El normando, además de sus destrezas guerreras, trajo a Castilla y a León su heráldica familiar, que contenía un mazo y un galón con forma triangular que recuerda a la forma de un monte.

· Retrato de Robert de Bracquemont, pintado en el siglo XVIII, custodiado en el Museo del Palacio de Versalles.
Algunos han querido ver en dichas figuras heráldicas dos atributos masónicos como son el mazo y la escuadra, pero nada tiene que ver una heráldica normanda del siglo XIV o mucho más antigua con tal hermandad iniciática que nació a comienzos del siglo XVIII. Advierto que lo que viene a continuación lo vio antes que yo el peñarandino empeñado en deshacer mitos Manuel Corral Baciero; el caso es que estoy bastante seguro de que la heráldica de Robert de Bracquemont es un producto de la heráldica parlante nacida en el Oeste de Francia en el siglo XII y que, por supuesto, nada tiene que ver con la masonería. Parlante porque sucede que el apellido Bracquemont se puede descomponer en dos vocablos, bracque y mont, siendo obvio el significado del segundo; por otro lado, bracque comparte raíz con el verbo break (en inglés, romper) y en francés existe el vocablo brac, usado de manera coloquial con el significado de escombro. Parece, en consecuencia, que esa heráldica parlante nos habla de un posible antepasado de Robin de Bracquemont al que apodaban el Rompemontes, lo cual viene muy al caso dada la casta guerrera normanda de la que provenía el genearca de los Bracamonte. Decía también Manuel Corral Baciero que quizá un antepasado de Robin podría haberse ganado dicho sobrenombre y heráldica durante su participación en la batalla de Hastings (1066), en la que el ejército normando del duque Guillermo el Conquistador derrotó al ejército anglosajón del rey Haroldo II, que, precisamente, estaba desplegado sobre una colina. Esta idea no me parece en absoluto descabellada.





El señorío de Álvaro Dávila y Juana de Bracquemont se convirtió en condado siglos después, concretamente en el año 1602, siendo el conde más insigne don Gaspar de Bracamonte y Guzmán (1595-1676), virrey de Nápoles, que antes fue embajador plenipotenciario de Felipe IV en la firma del Tratado de Münster, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años.

Se conserva en el parque de la Huerta de Peñaranda de Bracamonte un escudo cuartelado de piedra que creo que se puede asociar a la figura del VII conde Bernardino Fernández de Velasco y Pimentel, fallecido en 1771, correspondiendo el primer cuartel al apellido Bracamonte, el segundo al apellido Dávila y el tercero al apellido Guzmán, los tres heredados de su padre; el cuarto cuartel contiene el apellido Pimentel, que era el de su madre. En el primer cuartel las armas de los Bracamonte aparecen con una bordura azur cargada de anclas que recuerdan que Robin de Bracquemont fue almirante de Castilla.

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